Luego de su ascenso al poder, los nazis se ocuparon de eliminar a sus enemigos políticos lo más pronto posible. En poco tiempo, se creó una fundación legal, a través de la cual podían eliminar las libertades personales garantizadas por la constitución de la República de Weimar. Un decreto del 4 de febrero de 1933 del Presidente del Reich, Paul von Hindenburg, le otorgaba a los nazis el poder de detener personas “para proteger al pueblo”. En un principio, dicha detención era por un período de tiempo limitado. Un día después del incendio del Reichstag, el 28 de febrero de 1933, se emitió el “decreto para la protección del pueblo y del Estado” (Notverordnung zum Schutz von Volk und Staat). Declarado como una ley excepcional para épocas excepcionales, dicho decreto suspendía las libertades civiles fundamentales. Sin consultar a ninguna corte, los organismos ejecutivos del Estado podían demorar a los prisioneros por tiempo indeterminado como parte de la “defensa contra actos traicioneros de violencia por parte de los comunistas”. El terrorismo políticamente legitimado se lanzó en numerosas redadas y olas de arrestos.

 

Los centros de detención y los primeros campos de concentración

Algunas semanas después de que Hitler subiera al poder, se crearon alrededor de treinta centros de detención (Schutzhaftlager) en cárceles o establecimientos penitenciarios, además de los primeros setenta campos de concentración. Utilizando eufemismos, se los describía habitualmente como campos de trabajo, depósitos de reservas, campos de reubicación, campos penitenciarios, depósitos de colección, campos de entrenamiento o subcampos. El propósito de todos ellos era intimidar al público y eliminar cualquier resistencia política a la creación del Estado nazi. La diferencia principal entre estos y la siguiente generación de campos de concentración (Sachsenhausen a partir de 1936, Buchenwald desde 1937, Flossenburg y Mauthausen a partir de 1938, Ravensbrück desde 1939, y Neuengamme y Auschwitz a partir de 1940) fue que no estaban subordinados a la administración central. En cambio, los nombres de estos otros campos apenas se pueden reconocer hoy en día: Börgermoor, Brandenburg, Breslau-Dürgoy, Esterwegen, Eutin, Fuhlbüttel, Kemna, Kislau, Lichtenburg, Moringen, Neusustrum, Oranienburg, Sachsenburg, Sonnenburg. Estos estaban bajo la supervisión de consejos locales, regionales o estatales, de líderes del Partido Nazi o de formaciones militares de dicho partido. La manera en que conseguían guardias para el campo era inconsistente: de las SA, las SS y las reservas policiales. Además, encerraban a los prisioneros en cárceles, ex negocios, fábricas, castillos, fortines, centros militares y en otros edificios vacíos.

En general, la vida de los campos sólo duraba algunos meses y cada uno de ellos encerraba una gran cantidad de prisioneros. La mayoría tenía cientos de reclusos y sólo el más grande albergaba más de mil prisioneros a la vez. La mayor parte de los reclusos se pueden catalogar como prisioneros políticos alemanes, que eran seguidores y miembros de partidos y organizaciones izquierdistas, fundamentalmente comunistas, pero también social-demócratas y sindicalistas. Si bien a principios de 1933 los comunistas constituían entre el 80% y 90% de todos los prisioneros, para el verano de ese mismo año había entre un 60% y 70%. La caída de este porcentaje se debió a la prohibición del Partido Social Demócrata de Alemania y a las acciones relacionadas de los nazis a fines de junio. En el verano de 1933, había más de 26.000 prisioneros en el sistema de campos, principalmente hombres ya que las mujeres eran la excepción en ese momento. Además de izquierdistas, encerraron a muchos burgueses, políticos conservadores y representantes de la República de Weimar, como así también Testigos de Jehová, miembros del clero, demócratas de todo el espectro político, pacifistas, intelectuales e incluso a algunos seguidores del Partido Nazi.

La vida cotidiana en el campo se caracterizaba por las condiciones de vida inadecuadas, una rutina diaria estrictamente estipulada, trabajo forzado exhaustivo y disciplina militar excesiva, además de la humillación y el terror que los guardias ejercían sobre los prisioneros. A diferencia de los campos de concentración posteriores, los reclusos de esta primera etapa podían obtener la liberación luego de algunos meses. Así, a pesar de los estallidos de violencia y casos aislados de asesinatos, recién tiempo después los campos pasaron de ser instrumentos de persecución a lugares construidos intencionalmente bajo condiciones de vida aterradoras y que apuntaban a exterminar grupos específicos. Sin intención de hacer alusión a un desarrollo intencional del sistema de campos, esta ‘etapa experimental’ de 1933/ 1934 podría considerarse un ensayo general para la creciente radicalización del sistema de campos, que terminó con  asesinatos masivos en los campos de exterminio.

 


Propósitos y usos de la música en la vida cotidiana del campo

El clima violento que dominaba la vida de los primeros campos de concentración no se restringía al daño físico exclusivamente, sino que también actuaba sobre el aspecto espiritual. Desde el principio, los comandantes y los guardias del campo hacían uso explícito de la música, no sólo para quebrar a los prisioneros mentalmente y robarles su dignidad e identidad cultural, sino también para seguir una línea ideológica. En muchos lugares, los recién llegados tenían que cantar las odiadas canciones nazis, nacionalistas y de soldados. Ese canto forzado se convirtió en parte del ritual cotidiano: los reclusos tenían que cantar canciones folclóricas alemanas, además de las canciones lascivas, antisemitas y discriminatorias, mientras marchaban, hacían ejercicios, cuando se pasaba lista y en otras ocasiones. Al hacerlos cantar, los guardias no sólo querían disciplinar a sus indefensos oponentes políticos, sino que también querían humillarlos y burlarse de ellos. Incluso las canciones conocidas e inofensivas se convirtieron en un medio de opresión y violencia en las condiciones extremas del campo de concentración. Puesto que dicho canto combinaba esfuerzo físico con humillación psíquica, afectaba tanto al cuerpo como al alma.

En algunos lugares, como en Esterwegen, las bandas y los coros de los campos estaban compuestos por los mismos prisioneros, quienes daban conciertos para tapar los ruidos de las torturas. Sin embargo, por lo general, dichos grupos eran organizados por los guardias para engañar al público o a los visitantes sobre el propósito real del campo. La música como propaganda no sólo se usaba para influenciar y controlar a la opinión pública. A través del uso de los medios masivos de comunicación más modernos, también se aplicaba por dentro para manipular a los prisioneros. Por lo tanto, en los primeros campos de concentración era común el uso del sistema de altoparlantes para intimidar y adoctrinar a los reclusos.

Así como la composición forzada de música influenció notablemente la rutina diaria, la música iniciada por los prisioneros tuvo lugar desde un principio en la vida cotidiana de los primeros campos. Sin embargo, no se debe confundir la gran cantidad de evidencia documental de dichas composiciones musicales con condiciones adecuadas para hacerlo. La música pertenecía a la vida diaria del campo sólo cuando los guardias lo ordenaban. Las oportunidades para hacer música libremente siempre eran limitadas y eso ocurría principalmente durante el ‘tiempo libre’, o sea en las pocas horas libres de trabajo, luego del tomado de lista nocturno o los domingos (días prácticamente sin trabajo). Estas actividades musicales adquirieron mucha importancia porque la vida cotidiana de los campos era muy inhumana. La composición no estaba relacionada principalmente con la calidad estética, sino con la experiencia catártica: ayudaba a los prisioneros a activar emociones determinadas y a enfrentarlas. Al mismo tiempo, la profunda influencia emocional de la música también tenía lugar a nivel simbólico. Algunas obras musicales permitían el desarrollo de valores éticos y humanos o artísticos y estéticos en un contexto específico.

La primera forma de expresión musical fue el canto de los prisioneros en forma aislada. El canto espontáneo no requería de ninguna preparación y, si alguno corría el riesgo de ser descubierto por un guardia, se podía suspender inmediatamente. En general, la mayoría de las canciones se basaban en melodías conocidas, lo cual funcionaba como un puente puesto que evocaban la época previa al encarcelamiento. Habitualmente, en los primeros campos de concentración, se oían canciones que se cantaban en la escuela, en el ejército, que cantaban amigos o grupos de canto, como por ejemplo las canciones folclóricas tradicionales, las canciones de la tierra natal o las canciones del movimiento juvenil (Jugendbewegung). Éstas últimas tenían especial influencia en los prisioneros políticos alemanes; incluso esas canciones inocuas podían adquirir un significado totalmente diferente cuando se cantaban en el contexto de un campo de concentración. Finalmente, también se escuchaban canciones contemporáneas y melodías populares. Pero cantar no era algo que simplemente se hacía en el tiempo libre, cuando la situación en el campo se había calmado un poco. Esto se ve claramente en las canciones políticas y en las canciones del movimiento de los trabajadores. Por lo general, estas canciones se cantaban secretamente y eran particularmente importantes para la identidad cultural de muchos reclusos, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que la mayoría de ellos pertenecían al movimiento político obrero. A esto se puede agregar que los prisioneros creaban sus propias canciones en los campos, como 'Moorsoldatenlied' (“Canción de los soldados de la turbera”), que expresa la autodeterminación de los reclusos.

Los grupos instrumentales y vocales eran la excepción en los primeros campos: casi no había instrumentos. Los prisioneros recibían permiso individual para hacer que les enviaran un instrumento al campo o, en circunstancias excepcionales, algunos se armaban en el mismo campo. Más que ningún otro instrumento, en los primeros campos, se veían guitarras (también conocidas en alemán como Klampfe), mandolinas y algunos violines. Estos tradicionales instrumentos eran particularmente valorados dentro de los movimientos juveniles, puesto que habitualmente se usaban para acompañar el canto comunitario. La composición de música surgía individualmente o en grupos instrumentales pequeños, formados espontáneamente y, de ese modo, la música contribuía con el contenido de varios eventos en los primeros campos.

A pesar de la limitada libertad y la naturaleza extrema de los campos, los prisioneros podían llevar a cabo una gran cantidad de funciones musicales. A diferencia de lo que se cree habitualmente, éstas sólo eran ilegales cuando tenían contenidos políticos o estaban en contra de otras prohibiciones. En dichos casos, se componía música bajo la constante amenaza a ser descubierto y castigado. Sin embargo, los reclusos organizaban un gran porcentaje de estos conciertos con el permiso o la tolerancia de los guardias. Existían otras actividades musicales en una zona gris semi legal, ya que los guardias no se preocupaban por el evento en la medida en que no perturbara las operaciones normales del campo. En general, las funciones se llevaban a cabo por determinados períodos con una gran cantidad de artistas. Esas funciones requerían de bastante de trabajo previo. Usualmente, se armaban a partir de presentaciones, pequeños actos e interludios musicales, en ocasiones con acompañamiento instrumental. Solían llevarse a cabo luego del día de trabajo, cuando las SS se retiraban del campo y dejaban a los prisioneros solos. Se organizaban fiestas privadas improvisadas para cumpleaños, liberaciones de reclusos u otros eventos personales de importancia. Sin embargo, las funciones con contenido político sólo podían realizarse secretamente. Luego de asegurar el lugar con vigilantes, se organizaban esas fiestas ilegales con amigos de confianza en días conmemorativos del movimiento obrero, como el 1º de mayo, o en los aniversarios de las muertes de los líderes del movimiento.

En muchos de los primeros campos también había celebraciones de Navidad, noches de cabaret, conciertos, espectáculos inspirados en funciones de circo y noches de variedades. Como regla, estos consistían en actos mezclados con interludios musicales vocales e instrumentales. Todos los prisioneros podían asistir a las funciones centrales del campo. Puesto que requerían de organización y de muchos artistas, no se podían mantener en secreto de las SS como muchas otras actuaciones de las barracas. Como consecuencia, habitualmente se llevaban a cabo con el permiso o la tolerancia de los comandantes del campo, quienes hacían un doble razonamiento para permitir esas funciones: primero, a través de dichas concesiones querían eliminar el descontento entre los prisioneros; y, segundo, para crear un poco de variedad para los guardias que habitualmente formaban parte del público. Con frecuencia, los textos y actos específicos eran censurados por los comandantes.

El comité ilegal de prisioneros prestaba servicios prácticos e indirectos para dichas funciones del campo. Estos comités habían sido establecidos en muchos campos y eran activos clandestinamente. Sin embargo, el éxito de las funciones del campo dependía fundamentalmente de la benevolencia de los prisioneros jefes, ya que su tarea era la de supervisar dichos eventos. Así tuvieron un gran impacto en la vida cultural de los campos. Sin su aprobación o facilitación, habría sido prácticamente imposible presentar actos de crítica del campo o camuflar contenidos prohibidos. Los prisioneros jefes eran los Kapos o jefes del campo, de la barraca o miembros del Consejo Judío, quienes eran designados por las SS. Ellos formaron el auto gobierno de prisioneros (o Häftlingsselbstverwaltung), que respondía a las autoridades del campo por todo lo que sucedía en un área específica. A diferencia de lo que ocurrió en los campos de concentración posteriores, la mayoría de estos prisioneros jefes en esta primera etapa pertenecían a la categoría de prisioneros políticos y, por lo tanto, eran personas en quienes los reclusos podían confiar y que rara vez se abusaban de su posición de poder. En dichas condiciones, las presentaciones musicales auto organizadas del campo y de las barracas servían para fortalecer el sentido de comunidad de los prisioneros y su voluntad para resistir, y se creaban fundamentalmente para fomentar la integración social. En circunstancias totalmente diferentes del campo, las funciones reconstruían rituales o comportamientos (por ejemplo, canciones de los trabajadores, coros de los trabajadores, conmemoraciones) que pertenecían al mismo movimiento obrero que los nazis y sus seguidores estaban intentando destruir.

 

 

Referencias

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Fackler, G., 2000. "Des Lagers Stimme"– Musik im KZ. Alltag und Häftlingskultur in den Konzentrationslagern 1933 bis 1936, Bremen: Temmen.  

Fackler, G., Music in Concentration Camps 1933–1945. Music and Politics. Available at: www.music.ucsb.edu/projects/musicandpolitics/fackler.html.

Orth, K., 1999. Das System der nationalsozialistischen Konzentrationslager: Eine politische Organisationsgeschichte, Hamburg: Hamburger Edition.  

Schwarz, G., Die nationalsozialistischen Lager 2nd ed., Frankfurt a.M.