Entre marzo de 1943 y julio de 1944, los nazis reunieron a los últimos sobrevivientes de los guetos de Riga, Dvinsk y Liepaja en el pequeño campo de trabajo de Kaiserwald, junto con los restantes reclusos del gueto de Vilna y muchos judíos húngaros y polacos. Cuando el ejército soviético liberó el campo hacia fines de 1944, casi todos los reclusos habían sido evacuados hacia el campo de Stutthof o ejecutados. Al final de la guerra, todo lo que quedaba de la antigua y próspera comunidad judía de Letonia eran apenas cientos de ex prisioneros judíos de Kaiserwald, otros miles de sobrevivientes de los campos nazis y varios miles que habían logrado huir a la URSS.

Kaiserwald recibió a los sobrevivientes de los antiguos guetos, motivo por el cual su población estaba constituida principalmente por hombres y mujeres relativamente saludables y jóvenes (aunque se llevaban adelante selecciones periódicas). Establecido cerca de la ciudad capital de Riga, el campo inicialmente albergó a una pequeña cantidad de criminales alemanes, aunque pronto adquirió una población casi exclusivamente de Europa oriental y judía. Vivían hacinados, en condiciones insalubres y con alimentación inadecuada. Los utilizaban como mano de obra esclava en las fábricas circundantes y también en agricultura o trabajo doméstico. 

Algunos registros de la actividad musical de Kaiserwald sobrevivieron. Como en la mayoría de los campos, los prisioneros a menudo cantaban juntos en sus barracas después del trabajo. Un gesto popular de rebeldía consistía en cantar 'Zog nit keynmol’ (Nunca digas), el himno partisano popular de Hirsh Glik. También se llevaban a cabo conciertos espontáneos cuando el clima era más cálido, en primavera y en verano, por la tarde o los fines de semana. En uno de los varios sub-campos de Kaiserwald, en la primavera de 1944, una recién llegada del gueto de Vilna recordaba cuando entretenía a sus compañeros de prisión: las mujeres 

a veces nos sentábamos en círculo y cantábamos en voz baja. Los hombres se quedaban cerca de la pared de su campo y escuchaban. Me pedían que cantara y a mí me gustaba cantar, "Recuérdame de la libertad y evoca el deseo de todo lo que se ha ido". Ésa era una canción del gueto de Vilna. Al menos allí la escuché por primera vez. Cantaba canciones rusas que habían sido traducidas al idish. Aquellas que sabían las canciones también las cantaban. El canto despertaba la esperanza en los corazones de las mujeres.

También hay evidencias de espectáculos organizados para los prisioneros. Un grupo de prisioneras organizó un espectáculo en honor a su líder de campo. Se las arreglaron para armar títeres con desechos de madera y tela y presentaron una función de títeres completa con canciones tradicionales letonas cantadas a capella. El show tuvo éxito tanto con los reclusos como con la elite del campo. En la última parte de la existencia del campo, el comandante también permitió conciertos regulares los domingos. Llevados a cabo en una gran sala de una fábrica cercana, estos espectáculos contaban con una improvisada banda (un piano desafinado junto con varios violines y un acordeón) integrada por ex músicos profesionales que entretenían al público con obras de Beethoven, Haydn y Mozart, como así también de algunos compositores rusos. Según el relato de un sobreviviente,

estos eventos siempre tienen mucha gente, todo el mundo aplaude con entusiasmo, y las preocupaciones de la semana parecen olvidadas. Al final, toda la orquesta toca "Mi querida Moscú" y otras canciones rusas. Todo el mundo canta… hay una luz en los ojos de la gente ya que estas eran las canciones del ejército ruso, que tal vez algún día nos liberará. En ocasiones, el líder del campo protesta por el volumen del canto, pero lo acalla el sonido potente de las melodías rusas, que hacen que el corazón lata más rápido.

Referencias

Fackler, G., 2000. "Des Lagers Stimme"– Musik im KZ. Alltag und Häftlingskultur in den Konzentrationslagern 1933 bis 1936, Bremen: Temmen.  

Rovit, R. & Goldfarb, A., 1999. Theatrical Performance during the Holocaust: Texts, Documents, Memoirs, Baltimore and London: The Johns Hopkins University Press.