Sonidos del sufrimiento en los trenes de deportación
En abril de 1943, Halina Birenbaum, de trece años, fue trasladada a Majdanek durante el desmantelamiento final del Gueto de Varsovia. En 1967, documentó las miserables condiciones en el interior del vagón de mercancías. Los judíos sufrían por la escasez de espacio, aire fresco, agua y comida. El vagón estaba sembrado de cadáveres, muchos de los cuales habían muerto pisoteados. La propia Birenbaum quedó atrapada entre un montón de cuerpos. Asfixiándose, trepó con gran esfuerzo hasta salir del montón: *«Entonces despertó en mí la invencible voluntad de vivir, la voluntad de liberarme de los cuerpos inertes que me aplastaban. Comencé a luchar contra ese enorme peso. Con una especie de fuerza demente, puramente animal, luché hasta que por fin alcancé la superficie.»*
La experiencia cercana a la muerte de Birenbaum estuvo acompañada de una cacofonía de ruidos horrorosos: *«El tren partió en medio de gritos incesantes, llantos y disparos de rifle […] La gente se peleaba y se empujaba por cada centímetro de espacio.»* Algunos «enloquecían», mientras otros rezaban.
Mientras tanto, el *«traqueteo de las ruedas»* sumió a Birenbaum en un estado de sopor, mientras conversaciones anteriores resonaban en su cabeza: *«Mi madre me aseguró que íbamos camino a un campo de trabajo y que ninguno de nosotros corría peligro. Era exactamente lo que yo quería oír, pero David Kaplan se aparecía continuamente ante mis ojos, hablando del asesinato de judíos en Treblinka […] Entonces todo se confundió: el ruido del tren, los gritos del vagón, las palabras de mi madre, los pensamientos siniestros y mi miedo a Treblinka. Me dio vueltas la cabeza y me sumergí en un abismo.»*
Birenbaum recordó vagamente los murmullos de su madre mientras intentaba reanimar a su hija: *«La voz débil de mi madre […] apenas llegaba a mis oídos. Sin duda intentaba devolverme el conocimiento, pero yo ya no podía captar el significado de sus palabras.»*
El testimonio de Birenbaum arroja luz sobre el profundo sufrimiento a bordo de los trenes de deportación. Tanto ella como los demás prisioneros fueron víctimas de una serie de agresiones sensoriales: violaciones del tacto en los vagones abarrotados, un sentido de la vista comprometido por la oscuridad, un hedor insoportable, un calor agónico, una sed insaciable y disparos amenazantes. También padecían el incesante sonido del sufrimiento expresado por los demás cautivos. En efecto, los vagones reverberaban continuamente con gritos, llantos, peleas y oraciones desesperadas. Estas dolorosas manifestaciones documentaron acústicamente el impacto emocional del Holocausto. Pero los sonidos también causaban daño afectivo en quienes los escuchaban. Examinando los sonidos del sufrimiento que reverberaban en el interior de los vagones, este ensayo explora la experiencia de escuchar los sonidos del tren, centrándose en el mundo emocional de los judíos a bordo de las locomotoras.
Sonido y emoción
*«Los sentimientos hacen la historia»*, declaró la historiadora Ute Frevert, resumiendo los hallazgos de la importante investigación sobre la vida afectiva de las personas en distintas épocas históricas. Recientemente, los académicos han comenzado a examinar las emociones de los judíos durante el Holocausto, demostrando que el afecto estaba en el centro de sus experiencias. Este ensayo forma parte de esa nueva investigación. Entrelaza específicamente los campos de los estudios sonoros, los estudios sensoriales y la historia de las emociones para explorar la vida afectiva de los judíos a bordo de los trenes de deportación.
Existe un amplio corpus interdisciplinario de investigación que examina la intrincada relación entre el sonido y las emociones. Los investigadores coinciden en general en que la mayoría de los sonidos son firmas sónicas de la vida afectiva. Desde la risa hasta el grito, los ruidos que emiten los seres humanos dan acceso a sus estados emocionales. Pero el sonido posee más poder que el simple registro de sentimientos, pues el sonido en sí tiene la capacidad de mover afectivamente a las personas. En otras palabras, cuando los seres humanos escuchan sonidos, a menudo responden emocionalmente. Esta es una de las tesis centrales del estudioso de música, medios y cultura Steve Goodman. Explorando las formas en que los sonidos bélicos generaban miedo, Goodman postula que el sonido moldea *«la manera en que las poblaciones sienten»*, tanto a nivel individual como colectivo. A bordo de los trenes de deportación, los judíos escuchaban una banda sonora constante de expresiones angustiadas de sus compañeros de cautiverio. Los oyentes se convertían así en testigos auditivos del trauma ajeno.
El concepto de testigo auditivo fue propuesto inicialmente por el compositor y pionero de los estudios sonoros R. Murray Schafer en su estudio seminal de 1977, *The Soundscape: Our Sonic Environment and the Tuning of the World*. Schafer define al *«testigo auditivo»* como un sujeto histórico que experimentó *«íntimamente»* sonidos del pasado y que registró *«lo que oyó».* Sin embargo, en el Holocausto, los testigos auditivos eran más que simples oyentes documentales, pues escuchar los lamentos de los demás los conmovía afectivamente, y a menudo se agitaban porque el acto de escuchar esos ruidos intensificaba su propio dolor.
El eco de los sonidos del sufrimiento
Desde el momento en que las locomotoras se acercaban a las estaciones, los sonidos aterrorizaban. Al escuchar *«el resoplido de la máquina de vapor»* que la transportaría a Auschwitz-Birkenau en 1944, Sara Zyskind recordó que la invadió *«un miedo horrible».* Pero no había tiempo para asimilar el miedo, porque en cuanto los trenes se detenían, estallaba el caos en el andén cuando los guardias imponían su dominio a gritos, golpeando a los prisioneros y disparando. En respuesta a esta horrible prueba, los judíos entraron en pánico. Gritaban y lloraban mientras se apresuraban a subir a los vagones para escapar de las agresiones físicas y acústicas.
Dentro de los vagones, los sonidos del sufrimiento continuaban. De hecho, a lo largo de los muchos días en que los judíos estuvieron encerrados en los vagones, los ruidos angustiosos fueron creciendo en intensidad, en gran medida debido a las condiciones miserables. Entre los sonidos más pronunciados estaban los lamentos y los llantos que expresaban una angustia aguda. David Kahan, enviado a Auschwitz-Birkenau en 1944, recordó *«a la gente gritando, llorando y, y, y era simplemente la primera situación horrible, horrible que, que recuerdo vívidamente […] los niños llorando, las mujeres llorando, los enfermos pidiendo, suplicando ayuda, pidiendo agua, sin nadie que nos ayudara».*
Numerosos supervivientes señalaron que al comienzo de los viajes, las personas en general se trataban con cortesía. Sin embargo, a medida que pasaban los días, la ansiedad aumentaba y estallaban disputas verbales y físicas. En ruta hacia Auschwitz-Birkenau en 1944, Olga Lengyel describió el tenso ambiente: *«[P]oco a poco, el ambiente se fue envenenando. Los niños lloraban; los enfermos gemían; los ancianos se lamentaban. […] Pronto la situación se volvió intolerable. Hombres, mujeres y niños se peleaban histéricamente por cada centímetro cuadrado. Cuando cayó la noche, perdimos todo concepto de comportamiento humano y las peleas se intensificaron hasta que el vagón se convirtió en una casa de locos.»*
Reflexionando sobre su viaje a Auschwitz-Birkenau en 1944, Marton Adler explicó que los nervios destrozados eran el origen de las disputas: *«Quiero decir, uno estaba en un estado de estupor, aplastado contra los demás, todos encima de todos, y todos gritando: "me estás pisando el pie, estás haciendo esto y lo otro" […]»
Testigos auditivos a su pesar
Como Lengyel y Adler atestiguaron, los vagones estaban llenos de una maraña de sonidos en competencia que resonaban simultáneamente, de forma continua y disonante. Sin ninguna privacidad en los vagones abarrotados, los desahogos emocionales eran escuchados por todos. Sencillamente, no había escapatoria del aterrador estruendo. Todos se veían arrastrados al papel de testigo auditivo.
Martin Walter, deportado a Auschwitz-Birkenau en 1944, reflexionó sobre la angustia que había sentido al escuchar los sonidos incesantes del sufrimiento durante tres días: *«Los gritos eran — y yo estaba cerca de, cerca de las, las puertas. Respiraba el aire de fuera porque dentro era simplemente insoportable.»*
Ruth Klüger, trasladada a Auschwitz-Birkenau en 1944, explicó que había resentido verse obligada a escuchar los sollozos de una mujer: *«Una anciana que estaba sentada junto a mi madre se fue desmoronando poco a poco: primero lloraba y gemía […].»* Forzada a oír el llanto, la joven Klüger, de trece años, se perturbó: *«Me impacienté y me enojé con ella, porque aquí estaba añadiendo su desintegración privada al gran mal de nuestra impotencia colectiva.»*
Consumida por su propio sufrimiento, Klüger percibía los llantos de la anciana como perturbaciones acústicas. Tal testimonio subraya que muchos judíos resentían tener que actuar como testigos auditivos porque verse forzados a escuchar los paroxismos ajenos agravaba su propio dolor. Perturbados por las desesperadas manifestaciones de los demás, estos renuentes testigos auditivos se sumían en la angustia y, para aliviar su dolor, algunos atacaban a quienes lloraban.
Olga Barsony-Verrall, enviada a Strasshof en 1944 cuando tenía ocho años, relató uno de esos incidentes: *«El ruido era ensordecedor: gente llorando, gritando y diciendo toda clase de disparates. Algunas mujeres tuvieron que recibir bofetadas para callarlas.»* Abrumados por el clamor atronador, los testigos auditivos intentaban tomar el control del paisaje sonoro golpeando a quienes expresaban su sufrimiento en voz alta.
Elie Wiesel también documentó una agresión ocurrida en un tren que se dirigía a Auschwitz-Birkenau en 1944. Wiesel describió los gritos continuos de una mujer desesperada: *«"¡Fuego! ¡Veo un fuego! ¡Veo un fuego!"»* gritaba con *«un chillido penetrante que hendía el silencio».* Algunos intentaron calmarla, pero sus gritos eran incesantes e infligían daño sensorial a los demás. *«Nuestro terror estaba a punto de estallar […] Nuestros nervios estaban al límite. Nuestra carne se estremecía»*, recordó Wiesel. Con los nervios destrozados, un grupo de hombres *«la ataron y le pusieron una mordaza en la boca».* Pero pronto se liberó y gritó aún más fuerte. Por ello, los hombres la ataron de nuevo, pero esta vez también la golpearon *«varias veces»* en la cabeza. Atormentados por su propia miseria, no podían soportar los gritos de la mujer y los sofocaron mediante la agresión física. Los demás prisioneros asintieron ante la violencia. Como testificó Wiesel, los otros gritaban: *«"¡Que se calle! ¡Está loca! ¡Cállela! No es la única aquí. Puede cerrar la boca…"»*
Aunque la mujer finalmente se calmó, sus sonidos de sufrimiento persistieron sensorialmente. Wiesel reflexionó: *«El calor, la sed, el hedor pestilente, la asfixiante falta de aire — todo eso no era nada comparado con esos gritos que nos desgarraban.»* Al señalar la potencia afectiva del sonido, Wiesel reconoció que los angustiosos ruidos continuaron atormentándolo mucho tiempo después. Si bien padecía otras muchas agresiones sensoriales, para Wiesel fueron los gritos de la mujer los que siguieron causándole dolor.
Memorias sónicas perdurables
Al igual que Wiesel, muchos supervivientes cargaron con dolorosos recuerdos acústicos. Con lágrimas rodando por su rostro, Miriam Rosenthal testificó que el viaje siguió persiguiéndola durante décadas. *«Incluso ahora, cuando estoy en un tren, el recuerdo de aquel viaje regresa.»* Rosenthal vinculó sus aterradores recuerdos al entorno auditivo del tren: *«Ibas, y ibas, y no sabías adónde ibas… Y la gente gritaba, lloraba, tenía hambre, chillaba, se golpeaban unos a otros.»*
Eva Cigler, explicando en inglés entrecortado cómo los sonidos le dejaron dolorosos recuerdos acústicos, reveló que cuatro décadas después seguía oyendo los gritos: *«Todavía puedo, en mi mente, escuchar cómo iba el tren y cómo iban los gritos a mi alrededor…»*
Para algunos supervivientes, las cicatrices sónicas se alojaron permanentemente en sus cuerpos, y seguían sintiendo los sonidos de manera visceral. Para Grete Salus, enviada a Auschwitz-Birkenau en 1944, fue el colapso mental de su marido en un tren lo que se había grabado en su cuerpo. Recordó que cuando su bolsa se perdió entre los desechos que desbordaban el vagón, él cayó en una desesperación absoluta y gritó sin control. Salus describió los lamentos de su marido como una *«señal de alarma»* que le había atravesado el cuerpo: *«De repente, todo en mi interior se volvió gélido. Me paralicé y sentí el peligro, el mayor de los peligros.»* Esa *«señal de alarma»* se grabó permanentemente en el cuerpo de Salus. *«Sé que todavía hoy la siento»*, escribió. El estremecedor recuerdo de su marido lamentándose le dejó cicatrices sónicas indelebles. Como muchos otros testigos auditivos, siguió escuchando y sintiendo durante años los sonidos insoportables de su cautiverio en el vagón.
Sara Ann Sewell, Virginia Wesleyan University, 13 de junio de 2025
SCHOLARLY LITERATURE
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