Vista del campo de concentración de Ravensbrück. Esta fotografía es del álbum de propaganda de las SS Frauen-KZ- Ravensbrück. 1940-1941. Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos (15010). Cortesía de Lydia Chagoll.

Una mujer austríaca no identificada compuso estas líneas poco antes de su ejecución:

Sin importar lo que nos depare el destino/ debemos mantener la cabeza en alto y erguida / ya que nada nos puede derribar mientras seamos fieles a quiénes somos... así que mientras podamos / vamos a encorvarnos a la dureza, al dolor / y fielmente esperaremos por nuestras vidas/ que nos esperan del otro lado de las barracas.

Estas palabras, escritas en el campo de concentración de Ravensbrück, intentaban consolar a las mujeres desafortunadas detenidas allí. Ravensbrück fue el único campo de concentración nazi importante destinado casi exclusivamente a prisioneras mujeres. Estaba ubicado al norte de Berlín, en una hermosa zona arbolada, cerca de un pequeño pueblo con el mismo nombre. Se ordenó la construcción del campo en noviembre de 1938 y se terminó en abril de 1939. En mayo de ese mismo año llegaron las primeras mil mujeres desde el campo de Lichtenberg que se estaba cerrando. La población de prisioneros se expandió con el correr de los años, a medida que llegaban reclusas de otros campos y guetos que se cerraban. Entre 1939 y 1945, aproximadamente 132.000 mujeres prisioneras de más de veinte naciones pasaron por allí; muchas de ellas con niños y bebés. En 1941, varios miles de hombres se sumaron a la población del campo, aislados en un pequeño sub-campo construido junto a la instalación principal. El Ejército Rojo llegó al campo a fines de abril de 1945; para ese momento, los nazis antes de huir lograron destruir casi todos los registros y papeles del campo.

 

Las prisioneras de Ravensbrück

El factor determinante de los internos de Ravensbrück era su género. En los primeros meses del campo, había muchas mujeres alemanas y polacas. A medida que la población del campo aumentó de tamaño, hubo un número considerable de mujeres judías y gitanas de toda Europa, como así también grandes poblaciones de prisioneras políticas de Polonia, Alemania, Austria y la Unión Soviética. La población del campo estaba constituida mayormente por mujeres y el personal también. Ravensbrück fue el principal campo de entrenamiento para guardias de las SS mujeres. Muchas de las guardias nazis más infames y brutales pasaron tiempo allí.

Las mujeres prisioneras en las tareas forzadas de excavación de trincheras en el campo de concentración de Ravensbrück. Esta fotografía es del álbum de propaganda de las SS Frauen-KZ-Ravensbrück. 1940-1941. Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos (18344). Cortesía de Lydia Chagoll.

La vida cotidiana en Ravensbrück

Al igual que en la mayoría de los grandes campos de concentración nazis, la vida cotidiana en Ravensbrück era dura. La comida y la vivienda inadecuadas llegaron a niveles insoportables con la afluencia constante de prisioneros. Ravensbrück era también un campo de trabajo y todas las prisioneras que estaban lo suficientemente sanas como para trabajar eran obligadas a pasar doce horas al día llevando a cabo tareas físicas duras; muchas de ellas en una fábrica grande a cargo de la empresa Siemens. Se hacían selecciones rutinariamente para 'eliminar' a aquellas mujeres que no estaban en condiciones de cumplir con estas tareas agotadoras. También realizaban experimentos médicos: muchas personas murieron a causa de las operaciones, pero algunas sobrevivieron, heridas y minusválidas, y testificaron en contra de los médicos implicados después de la guerra. Además, Ravensbrück fue el principal proveedor de mujeres de los burdeles establecidos en muchos campos nazis importantes hacia el final de la guerra. Si bien las mujeres a menudo se ofrecían voluntariamente para estos puestos con la esperanza de evitar el trabajo físico más difícil y tal vez recibir mejores raciones, la mayoría de hecho murió rápidamente debido al abuso sexual y la propagación desenfrenada de enfermedades venéreas.

A pesar de estas duras condiciones, las decenas de miles de mujeres internadas en Ravensbrück establecieron con los años redes de apoyo a nivel nacional y político. También participaron secretamente en servicios religiosos, cometieron actos de sabotaje en las fábricas, trabajaron para salvar las vidas de sus compañeras enfermas y participaron en múltiples formas de producción cultural. En los primeros meses de existencia del campo, cuando la población carcelaria todavía era bastante pequeña, era relativamente fácil para las SS mantener un control estricto sobre la vida cotidiana de las prisioneras. Durante ese tiempo, era muy difícil incluso juntarse con otras reclusas durante las escasas horas libres. De vez en cuando algunas mujeres lograban escaparse, a pesar del gran riesgo al que se exponían, y recitaban poesía, hablaban de política o cantaban en pequeños grupos. Una vez que comenzó la guerra, a pesar de que la vida cotidiana empeoró en términos de alimentación y vivienda, las SS también redujeron el nivel de control. Era más complicado hacer seguimiento del movimiento de todas las reclusas y disminuyó el castigo por infracciones relativamente menores. El número elevado de mujeres de habla alemana en el campo también facilitó el desarrollo de actividades culturales, ya que los guardias tendían a ser más indulgentes con ellas.

Ravensbrück contó con muchos artistas e intelectuales entre su población. Se distinguían en especial la gran cantidad de intelectuales polacas enviadas allí después de la ocupación, como así también los grupos de estudiantes checas. Por lo general, la actividad cultural entre las mujeres comenzaba en la fase inicial de cuarentena, cuando las recién llegadas no podían salir de sus barracas por varias semanas. Muchas compusieron poemas, que memorizaron en la cabeza y registraron en pedacitos de papel; otras lograron armar folletos que registraban poemas, canciones y dibujos de las reclusas. Además de esta actividad poética, hubo variedad en cuanto a la composición musical en Ravensbrück.   

Música forzada

En Ravensbrück, como en Dachau  y varios otros campos, los nazis utilizaban altoparlantes de gran tamaño para hostigar y manipular a los prisioneros. Los domingos por la tarde, durante el tiempo libre, los guardias pasaban programas musicales al máximo volumen. La mayoría de las mujeres vivían esas transmisiones como una forma de tortura. El único efecto secundario positivo era que el volumen ocultaba los cuchicheos. Para algunas amantes de la música, sin embargo, la radio ofrecía momentos de placer dentro la angustia de la vida en el campo:

Sufríamos con las marchas militares frecuentes y las canciones de guerra de los soldados de Hitler con el fin de poder escuchar de vez en cuando Schubert y Mozart.

Además de estar obligadas a escuchar música, las mujeres también eran forzadas a marchar en un área descampada y cantar canciones alemanas. Como la mayoría no eran hablantes nativas de alemán, les resultaba difícil lingüísticamente, pero también agotador y humillante. Asimismo hay registros que indican que varias artistas y cantantes talentosas eran obligadas por las SS a dar conciertos privados.

Actividades culturales voluntarias

Los muchos poemas escritos en Ravensbrück eran adaptados musicalmente para poder memorizarlos mejor y aumentar la cantidad de personas que podían participar en eventos comunitarios. Muchas barracas tenían su propio repertorio de canciones, que iban desde canciones infantiles hasta himnos políticos u ópera.

Hacia el final de la guerra, la política de las SS con relación a la música se relajó considerablemente. En 1944, cantar ya no era ilegal oficialmente y los guardias permitieron que existiera un coro. Ese mismo año se formalizaron las redes de solidaridad internacional establecidas por las reclusas. Estos grupos organizaban programas de educación política y eventos culturales y, como se acercaba el final de la guerra, se hicieron cada vez más activos. A menudo, sus eventos se basaban en canto y baile para comunicar ideas y compartir información, ya que las diferencias de idioma hacían que llevar a cabo conferencias y discusiones fuera dificultoso.

Las rusas

Muchas de las mujeres rusas encerradas en el campo eran prisioneras políticas y fueron de las internas más activas de la resistencia política clandestina. Entre ellas también había varias artistas y cantantes y a veces llevaban a cabo eventos los domingos por la tarde. Reunidas en una barraca, con algunas reclusas que hacían de campana, se sentaban en ronda y

comenzaban a cantar. Una de ellas saltaba en el piso, otra se sumaba, luego otra y después de un rato toda la barraca se movía con el ritmo contagioso, el pisoteo, aplaudiendo y gritando. El tempo se aceleraba y eventualmente obligaba a todas a unirse al baile.

Además de las comunistas activas, había también una fuerte presencia en el campo de mujeres rusas ortodoxas devotas que practicaban su fe a pesar de las estrictas leyes que restringían dichas actividades. La ex reclusa Lisolette Thumser-Weill recordaba la Navidad de 1944, cuando tres mujeres rusas llegaron a su barraca en medio de la noche con velas, vestidas con chales de oración hechos con bolsas de papas (cualquiera de estos delitos habría significado la pena de muerte si las hubieran encontrado). Pasaban de barraca en barraca y cantaban canciones populares rusas y cánticos navideños.

Las checas

La comunidad de prisioneras checas no sólo incluía comunistas y socialistas comprometidas, sino también artistas de la música profesionales y habilidosas. A pesar de que trabajaban muchas horas en fábricas cercanas, las mujeres formaban pequeños grupos para componer música en sus barracas y practicar su repertorio por la tarde y los domingos. También preparaban cancioneros decorados que armaban con cuidado. Particularmente les gustaban las canciones progresistas y de izquierda del ‘teatro liberado’ de Praga y las canciones anti-fascistas de Jiri Voskovec y Jan Werich. A las mujeres más jóvenes también les gustaba mucho cantar la música con influencia de swing de Jaroslav Jezek. Hacia fines de 1942, las mujeres checas organizaron un grupo de canto que se realizó espectáculos clandestinos en diferentes barracas. A veces, cuando no había guardias cerca, cantaban de forma espontánea en la plaza central. Su canto, en ocasiones, era acompañando por la danza de la bailarina de Praga Nina Jirsikova.

Recién en diciembre de 1944 las SS les dieron permiso a las prisioneras para organizar una pequeña banda. Puesto que todas sus pertenencias habían sido tomadas cuando entraron en el campo, ninguna tenía instrumentos. Por primera vez las SS permitieron que varias mujeres entraran en las barracas de los bienes confiscados para recuperar instrumentos. Deliberadamente siguieron tocando a nivel amateur, por temor a que si las SS las oían, les exigirían que tocaran en sus fiestas y burdeles. Su creación musical estaba destinada a los oídos de las demás reclusas, y no sólo aprendieron canciones en ruso y alemán, sino también en polaco, noruego y yugoslavo para aumentar la solidaridad internacional.

Otras actividades musicales

Las artistas checas organizaron varios espectáculos ‘internacionales’, donde las mujeres de diferentes barracas interpretaban canciones en sus idiomas nativos. Si bien esos espectáculos eran ilegales y se llevaban a cabo en secreto, fueron un gran éxito. También hubo otros grupos de canto pequeños y coros que existieron mientras el campo estuvo en funcionamiento, y un sinnúmero de mujeres que componían y cantaban en las barracas, en las fábricas y en los campos de Ravensbrück. Algunas canciones sobrevivieron, tanto en los pequeños libros de música y poemas que las reclusas armaron cuidadosamente, como en la memoria de los sobrevivientes.

 

Referencias

Fackler, G., 2000. "Des Lagers Stimme"– Musik im KZ. Alltag und Häftlingskultur in den Konzentrationslagern 1933 bis 1936, Bremen: Temmen.  

Kuna, M., 1993. Musik an der Grenze des Lebens: Musikerinnen und Musiker aus Böhmischen Ländern in Nationalsozialistischen Konzentrationslagern und Gefängnissen, Frankfurt/M.: Zweitausendeins.  

Knapp, G., 2003. Frauenstimmen: Musikerinnen erinnern an Ravensbrueck, Berlin: Metropol-Verlag.  

Minhoff, S., 1994. "Ein Symbol der menschlichen Würde": Kunst und Kultur im KZ Ravensbrück. In C. Füllberg-Stolberg et al., eds. Frauen in Konzentrationslagern: Bergen-Belsen Ravensbrück. Bremen: Edition Temmen, pp. 207-?  

Silverman, J., 2002. The Undying Flame: Ballads and Songs of the Holocaust, Syracuse University Press.  

Stompor, S., 2001. Judisches Musik- und Theaterleben unter dem NS-Staat, Hannover: Europaisches Zentrum fur Judische Musik.  

1998. Zeugen Jehovas: Vergessene Opfer des Nationalsozialismus. , Vienna.