Retrato grupal de la unidad partisana judía del bosque de Parczew, Polonia, 1943-1944. Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos (USHMM). Cortesía de Samuel Gruber.

Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos judíos europeos desafiaron a sus opresores nazis al involucrarse activamente en una guerra de resistencia clandestina. Esta guerra de partisanos, llevada a cabo por fuerzas irregulares clandestinas que operaban dentro del territorio enemigo, se extendió particularmente por los densos bosques y por los intransitables pantanos de Europa Oriental.

En Lituania y Bielorrusia, el llamado de la resistencia sonó por primera vez en el verano de 1941, cuando las fuerzas alemanas se desplegaron por todo el territorio soviético. Con la colaboración de sus partidarios locales, los alemanes pronto encerraron en guetos a los habitantes judíos de estos territorios y los sometieron al proceso de asesinato en masa. Sin embargo, a pesar de las condiciones brutales y la amenaza de muerte permanente, en muchos guetos se formaron células de resistencia clandestinas. Y, una vez fuera del gueto, los judíos podían intentar unirse a los partisanos.

Les esperaban verdaderos peligros y calvarios a aquellos que se escapaban de los guetos con destino a las fortalezas de los partisanos en los bosques. No obstante ello, muchos hacían el esfuerzo pero pocos tenían éxito. Estos, como sucedía con todos los que deseaban unirse a los partisanos, debían llevar sus propias armas pero para un judío atrapado en un gueto adquirir un arma no era un  tema sencillo: no sólo implicaba mucho riesgo y esfuerzo, sino que también se ponía en peligro a la familia, a los amigos, a los vecinos y quizás a toda la comunidad. Además, los judíos solían vivir en la ciudad y, por lo tanto, carecían del conocimiento y las habilidades necesarias para sobrevivir en el bosque partisano: carecían de experiencia en combate, familiaridad con la región y una relación de confianza con la población rural (el aliado más importante de los partisanos). 

También, habitualmente, aquel judío que lograba escapar del gueto y llegar, con gran riesgo, al bosque con su propio arma era obligado a desandar su camino y volver al gueto. Dichas experiencias se debían al triste hecho de que incluso dentro del movimiento de resistencia los elementos antisemitas no se podían mantener bajo control. Esta situación lamentable disuadía a los judíos de huir hacia los bosques.

Retrato grupal de la unidad partisana judía que operaba en los bosques lituanos. Muchos de sus miembros habían estado involucrados en actividades de resistencia del gueto de Kaunas. c. 1944. Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos (USHMM). Cortesía de Eliezer Zilberis.

Se vieron algunos cambios positivos en el verano de 1942, cuando el Cuartel General Supremo de los Partisanos en la Unión Soviética extendió su autoridad hacia la mayoría de las unidades partisanas de Europa Oriental. Por ejemplo, cada vez se establecían más “campos de familia” (los cuales admitían a judíos partisanos con sus familias y parientes) por toda Bielorrusia. Dichas disposiciones, que salvaron a miles de judíos desamparados (mujeres, niños, personas mayores y enfermos) se mantuvieron hasta que el Ejército Rojo liberó la región en el verano de 1944.

Sin embargo, estos cambios llegaron muy tarde: la gran mayoría de la población judía ya había sido aniquilada para mediados de 1942. Los hechos hablan por sí mismos: cuando todavía había bastantes judíos vivos, no había  campos partisanos hacia los cuales escapar; y una vez que se crearon dichos campos, pocos judíos habían logrado sobrevivir. Por consecuencia, la cantidad de judíos partisanos en los bosques de esta región nunca excedió los 15.000.

Para ellos, la guerra partisana cumplió con objetivos nacionales y personales. Por un lado, contribuyó con el papel activo que tuvieron los judíos europeos en la guerra internacional contra el nazismo. Por otro lado, cumplió con su deseo de vengar las matanzas de sus familias y compañeros judíos. Al enfrentar el antisemitismo endémico y el desdén de sus camaradas armados no judíos, querían ponerse a prueba en el campo de batalla. De hecho, muchos se destacaron por descarrilar trenes enemigos, provocar explosiones de puentes y participar de combates cuerpo a cuerpo. Una gran cantidad de ellos recibió condecoraciones por su valor y heroísmo. Sin embargo, ningún galón ni medallón pudo paliar la sensación de aislamiento que habitualmente padecían los combatientes judíos que luchaban en batallones bielorrusos, lituanos o rusos.

El potencial de combate de los luchadores judíos alcanzó su máxima expresión en todas las unidades partisanas judías. Se crearon en 1943 e incluían principalmente a ex miembros de movimientos sionistas y juveniles, que se habían reorganizado en la clandestinidad del gueto. Estaban liderados por talentosos comandantes, quienes manifestaban cierto grado de identidad judía nacional. Estas unidades mantenían un notable sentido de identidad judía, que se caracterizaba por el uso del idish para la comunicación militar y para otras expresiones culturales y folclóricas, como la canción y la poesía.

Las actividades culturales continuaron incluso después de que las unidades judías se disolvieran o fueran incorporadas (por razones políticas) a unidades partisanas de toda la nación. Aquí, como en todas las unidades judías, los combatientes encontraron muchas maneras de expresar su individualidad. Un ejemplo de esto es el tiempo que pasaban alrededor de la fogata por las tardes. El clima de camaradería que allí reinaba facilitaba la expresión de los sentimientos y deseos de los participantes a través de la canción. Las letras se focalizaban fundamentalmente en temas relacionados con la nostalgia, la preocupación por familiares que todavía estaban en los guetos, el dolor por aquellos seres queridos que habían sido asesinados y el deseo de venganza.

Este escritor, que vino del gueto de Kaunas y se incorporó a una unidad partisana soviética, Smert nemetskim okupantam (“Muerte para los invasores alemanes”), recuerda con claridad la primera tarde que pasó cerca de la fogata en el centro del campo partisano:

Fue particularmente conmovedor escuchar el repertorio completo de las baladas populares en idish, algunas de las cuales probablemente habían llegado a través de paracaidistas judíos de regiones del interior de la Unión Soviética. Todavía más emocionante aún fue escuchar dos canciones en hebreo: Harmonika (“Acordeón”) y Sovevuni, las cuales en el gueto se convirtieron en himnos de la clandestinidad sionista y llegaron a través de miembros de los movimientos sionistas HaShomer HaTzair (“Guardia joven”) y Dror (“Libertad”).

Una noche, mientras esperaban que les lanzaran armas y equipamiento soviético desde paracaídas en un aeródromo improvisado en el bosque de Rudniki, este escritor se encontró con partisanos del gueto de Vilna y por primera vez los oyó cantar Zog nit keynmol az du geyst dem letstn veg (“Nunca digas que esta senda es la final”). Esta canción del poeta de Vilna y luchador clandestino Hirsh Glik luego se convirtió en el himno general de los partisanos judíos.

A veces se ofrecía un musical vespertino con artistas profesionales como la compañía teatral Gop so smykom ("Salta de alegría"). Era un conjunto compuesto por diferentes etnias que estaba ligado a la Unidad Gorki de la Brigada Markov. La compañía daba recitales frecuentes de canciones y bailes populares en el bosque. Sin embargo, como solía suceder con la mayoría de los combatientes clandestinos, los partisanos judíos preferían las canciones relacionadas con la batalla en curso. Naturalmente, la gran mayoría estaba en ruso, pero algunas (producto de habilidosos traductores) se cantaban en la lengua materna de los combatientes judíos: en idish. De las decenas que había, algunas pocas sobrevivieron gracias a personas destacables, como es el caso de Shmerke Kaczerginski.

Kaczerginski nació en 1908. Antes de la guerra ya se lo conocía como un poeta y compositor talentoso, no sólo en su ciudad natal de Vilna sino fuera de ella. Se distinguía por sus canciones sobre la opresión y la lucha de la clase trabajadora. Continuó escribiendo en el gueto de Vilna y luego para la Fareynikte partizaner organizatsie (“Organización de Partisanos Unidos”), la unidad clandestina del gueto a la cual pertenecía. Naturalmente, muchas de sus canciones se concentraban en la triste realidad de los judíos del gueto pero también manifestaban su esperanza de cambio y su pedido de resistencia activa. Muchas de sus canciones originales del gueto, como así también las traducciones de ruso a idish de aquellas estrofas de conflictos de guerra, fueron muy populares entre los partisanos judíos. También compuso nuevas canciones en los bosques partisanos: escribía letras de canciones incluso cuando marchaban a pelear. Todavía más significativas eran las actividades de Kaczerginski como coleccionista de folclore en los guetos, en los campos y en las bases partisanas. Junto con el gran poeta idish Abraham Sutzkever fue designado historiador de la Brigada Voroshilov, que llevaba el nombre del comandante en jefe de las fuerzas partisanas soviéticas. Kaczerginski comenzó a anotar letras de canciones mientras la guerra todavía ardía. Sus primeras publicaciones aparecieron en Varsovia, París y Nueva York inmediatamente después de que terminara el combate. Kaczerginski luego emigró a Argentina, donde continuó publicando relatos personales e históricos de la resistencia judía durante la Segunda Guerra Mundial. Tras haber sobrevivido a la guerra y sus secuelas, encontró la muerte en un accidente aéreo cerca de Buenos Aires en abril de 1954. Su trabajo (sus canciones, memorias, historias y especialmente sus colecciones de música folclórica de la época de la Shoá) seguirá siendo un monumento a la creatividad en la adversidad, a la imaginación e ingenuidad de los que fueron encerrados en los guetos y campos de concentración y de los partisanos judíos de los bosques abiertos.

 

Referencias

Brown, T.A. & Levin, D., 1962. The Story of an Underground: The Fighting Organization of the Kovno Jews during World War II, Jerusalem: Yad Vashem.  

Levin, D., 1985. Fighting Back: Lithuanian Jewry's Armed Resistance to the Nazis, 1941-1945, New York: Holmes & Meier.