El ascenso del nazismo en Alemania y en Austria puso a muchos compositores judíos en una encrucijada: quedarse y someterse a un futuro incierto en un entorno cada vez más hostil o irse a tierras desconocidas desconectados de su propia herencia cultural. En las primeras épocas del nazismo, cuando todavía no había una respuesta obvia, la decisión no resultaba fácil. Poco después de que Hitler tomara el poder, Kurt Weill, un destacado compositor de la República de Weimar, observó: “Considero que lo que está sucediendo acá es tan desagradable que no creo que dure más que un par de meses… Pero puedo estar equivocado”. Luego de que los nazis aprobaran las leyes de ‘limpieza’ de judíos de la vida cultural en Alemania, los compositores tuvieron que considerar el exilio por cuestiones financieras, independientemente de sus premoniciones: no podían formar parte del recientemente creado Consejo de Música del Reich y, si bien las reglas en los primeros años del régimen de Hitler no se aplicaban con rigurosidad, las regalías de las composiciones pronto desaparecieron. Muchos compositores se fueron hacia los Estados Unidos (para conseguir empleo en universidades, en Broadway y en Hollywood); otros, como Egon Wellesz y Berthold Goldschmidt, se fueron a Gran Bretaña. Algunos de los compositores judíos más destacados de principios del siglo XX tuvieron que atravesar un cambio radical que tuvo un efecto duradero en su música, entre los cuales se encontraban Arnold Schoenberg, Kurt Weill, y Erich Korngold. Otros compositores como Ernst Krenek y Paul Hindemith salieron de Europa por razones que no estaban relacionadas con su identidad racial.

De este grupo, Schoenberg quizás es el compositor exiliado más conocido. Luego de convertirse al catolicismo, volvió oficialmente a la fe judía en 1933, poco tiempo después de que lo echaran de la Akademie der Künste de Berlín, donde había dado clases desde 1925. Schoenberg fue uno de los tantos compositores (incluyendo a Ernst Toch e Igor Stravinsky) que terminó en el clima cálido de California y, como a muchos otros, al principio le resultó difícil adaptarse a la vida fuera de Europa. Su música (considerada por los nazis como un símbolo de degeneración y bolchevismo artístico que completaba el proceso de perdición musical iniciado por Mahler) terminó siendo apenas más popular en su tierra adoptiva hasta después de la guerra y se vio obligado a aceptar varios puestos de docencia en universidades californianas, además de tomar alumnos particulares. Sin embargo, produjo varias obras importantes durante su exilio, incluyendo Kol Nidre (1938) y, todavía más poderosa, El sobreviviente de Varsovia (1947), que estaba inspirada en historias de judíos valientes que cantaban en su camino hacia las cámaras de gas. Schoenberg se convirtió en ciudadano norteamericano en 1941 y permaneció en California hasta su muerte en 1951.

A diferencia de la relativa reticencia de Schoenberg a involucrarse con su nuevo entorno cultural, Kurt Weill verdaderamente aprovechó las nuevas posibilidades que se le presentaron con el exilio e hizo un gran aporte al teatro musical norteamericano. Fue el compositor de “La ópera de los tres centavos” (1928) y de “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny” (1927-1929). Por mucho tiempo fue el objetivo de activistas nazis y la ola de arrestos que acompañaron al incendio del Reichstag en Berlín (27 de febrero de 1933) lo convencieron de que estaba en peligro. Luego de pasar un tiempo en Francia, donde era bastante conocido, se dirigió a los Estados Unidos en 1935 para trabajar en un espectáculo sensacional de historia judía: The Eternal Road (El camino eterno). Para cuando se estrenó en 1937, Weill había resuelto dejar atrás su pasado europeo y probar suerte en el teatro musical norteamericano. Obtuvo un gran éxito en Broadway con los musicales Knickerbocker Holiday, Lady in the Dark y One Touch of Venus y, aunque no tuvo una participación política activa contra el nazismo, su aporte musical en el espectáculo We Will Never Die (Nunca moriremos) de 1943 garantizó que se supiera del Holocausto por todo Norteamérica. Al igual que Schoenberg, Weill se hizo ciudadano norteamericano. Murió en Nueva York en 1950.

Weill también intentó conseguir empleo en Hollywood (una importante fuente de trabajo para muchos músicos orquestales y escritores exiliados), pero no quiso aceptar las restricciones que le imponían los productores de películas. Sin embargo, para el ex niño prodigio vienés Erich Korngold, ése no fue un problema. Como compositor de ópera conocido en ambos lados del Atlántico (su ópera Die tote Stadt de 1920 había sido un gran éxito en la Ópera Metropolitana de Nueva York), Korngold había coqueteado con Hollywood desde 1934 a raíz de la invitación del inmigrante Max Reinhardt. No obstante ello, recién en 1938 se exilió permanentemente en California, cuando un trabajo en “Las aventuras de Robin Hood” del aventurero Errol Flynn lo incentivó a dejar Austria (momento en que se anexaba a la Alemania nazi). Korngold contribuyó en gran medida al nuevo arte de música cinematográfica y muchos compositores de películas más recientes (como John Williams y Jerry Goldsmith) reconocieron la deuda que tienen con la música de Korngold. Sin embargo, el sonido de la Viena Antigua todavía se puede detectar en muchas de sus partituras. Los integrantes de la orquesta Warner Bros. conocieron la primera obra que escribió en el exilio: “Robin Hood en los bosques de Viena”. Si bien intentó volver a Austria luego de la guerra para resucitar sus conciertos y su carrera en la ópera, evidentemente Korngold se sintió más cómodo con la imagen nostálgica de la Europa de la preguerra (evocada por su música con frecuencia) y permaneció en California. También se convirtió en ciudadano norteamericano y falleció en 1957.

No sólo los compositores judíos fueron obligados a exiliarse. El austríaco Ernst Krenek era, según la definición de los nazis, de descendencia aria pura; sin embargo, se lo consideraba un bolchevista cultural y habitualmente la propaganda nazi lo tildaba de judío. En 1927, Krenek compuso la ópera de jazz Jonny spielt auf y así se aseguró un lugar en la conocida exhibición de “arte degenerado” de 1938 (que también exhibía varias pancartas dedicadas a Weill). Cuando los nazis anexaron Austria, emigró a Norteamérica, donde se convirtió en ciudadano naturalizado. Asimismo, el compositor alemán Paul Hindemith dijo: “imprudentemente bailé frente a la trampa e incluso me atreví a entrar; quizás por casualidad, cuando estuve afuera, ¡la trampa se cerró!”. Era un destacado compositor del estilo neo-barroco de los años 20’ (estilo conocido como ‘nueva objetividad’) y un compositor que prestaba particular atención al papel práctico que jugaba la música. Los nazis prohibieron muchas de sus obras por poner de manifiesto características del bolchevismo cultural. Si bien el régimen y Hindemith coqueteaban en varios puntos, su sinfonía Mathis der Maler (1934) fue bastante criticada y, cuando el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels lo denunció, el compositor comenzó a considerar la posibilidad de emigrar. Hizo varios viajes a Turquía para ayudar a escapar a judíos y, en septiembre de 1938, salió de Alemania y se dirigió a Suiza. Eventualmente, Hindemith emigró a Norteamérica donde, al igual que muchos otros artistas exiliados, sufrió de un principio de depresión antes de encontrar un nuevo puesto en la Universidad de Yale. Continuó componiendo con éxito y adoptó la ciudadanía norteamericana, satisfecho de que podría hacer su aporte efectivo a la vida cultural norteamericana, tal cual lo había hecho en Alemania.

Si bien los compositores astríaco-alemanes que no eran judíos también tuvieron que abandonar sus hogares, no hay prácticamente ninguna duda de que los judíos fueron las principales víctimas de los nazis. Evidentemente los compositores judíos de prestigio internacional gozaban de una cierta independencia financiera y, por lo tanto, estaban en una posición bastante más envidiable que los millones de compositores para los cuales el exilio no era una opción. Aunque los compositores Schoenberg, Korngold y Toch sufrieron distintos grados de abandono de hogar, fueron desterrados de sus vidas pasadas y obligados a abandonar a sus amigos y familiares (Berthold Goldschmidt perdió veintidós parientes en el Holocausto), en algunos sentidos fueron los afortunados. De hecho, tal era la gratitud de Schoenberg hacia la tierra que le había brindado un nuevo hogar que hablaba de haber sido “conducido al paraíso”. Mientras muchos sintieron que el exilio arruinó sus carreras a tal punto que nunca recuperaron su reputación (Toch se consideraba “el compositor más olvidado del siglo XX”), afortunadamente  cada vez se conocen más las obras de principios del siglo XX que los nazis tildaron de “degeneradas”. Sus voces, a diferencia de cientos y cientos de otras, no pudieron silenciarse permanentemente.

Por Ben Winters

Referencias

Brinkmann, Reinhold and Christoph Wolff (eds). Driven into Paradise: The Musical Migration from Nazi Germany to the United States. Berkeley: University of California Press, 1999.

Duchen, Jessica. Erich Wolfgang Korngold. London: Phaidon, 1996.

Lincoln, John. Ernst Krenek: The Man and his Music. Berkeley: University of California Press, 1991.

Ringer, Alexander L. Arnold Schoenberg: the Composer as Jew. Oxford: Clarendon Press, 1990.

Schebera, Jürgen trans. Caroline Murphy. Kurt Weill: An illustrated Life. New Haven: Yale University Press, 1999.