Carl Orff sigue siendo un enigma en la historia musical de la Alemania nazi. En términos artísticos, parecía que la suerte iba a estar en su contra cuando los nazis llegaran al poder, ya que se creía que el compositor se iba a convertir en otra víctima de las políticas culturales opresivas del Tercer Reich. Sin embargo, Orff se las ingenió para encontrar un lugar para él y su música en la Alemania nazi. La música de Orff, como la de Paul Hindemith y Ernst Krenek, solía estar catalogada como “degenerada”, pero los intentos del artista por congraciarse con el régimen dieron sus frutos. A principios de 1940, su música era celebrada por muchos nazis de la elite y su ópera Carmina Burana fue una de las piezas más populares de la Alemania nazi. No obstante ello, tiempo después, quedó libre de su reputación de colaboracionista durante la época de Hitler: por medio de declaraciones engañosas sobre sus propias “actividades de resistencia” durante los años nazis y por poner énfasis en opiniones negativas que los nazis tenían sobre su música, logró hacer borrón y cuenta nueva para trabajar en la Alemania de la posguerra.

Carl Orff nació en 1895 en una honorable familia de funcionarios y eruditos de Munich. Su madre era una pianista consagrada, quien le daba clases cuando era pequeño. Se alistó en el ejército de adolescente pero retornó a su hogar en 1917, luego de padecer un episodio semimortal de trauma de guerra. Después de experimentar muchos años y probar varias posibilidades de carreras musicales, Orff se convirtió en socio de la Escuela Günther de Munich, una institución educativa que unía la música y el movimiento. El compositor mantuvo el interés por la educación de música de por vida.

Hacia fines de 1920, Orff se había hecho conocido por ser una figura renombrada en el pequeño pero importante oasis musical modernista en una Munich conservadora: la Liga de Música Contemporánea. Fundada en 1927, presentaba obras de Bartok, Hindemith, Schoenberg y Stravinsky, entre otros. El joven músico también colaboró brevemente con Bertolt Brecht y participó del innovador Club Bach de Munich. Todo esto solidificó su reputación de estar al margen de la tendencia prevaleciente, incluso de vanguardia. Sin embargo, su protagonismo estaba aumentando lentamente a principios de 1930, cuando Hitler llegó al poder y la realidad de componer música en Alemania estaba por cambiar dramáticamente.

Como muchos otros artistas de la época, Orff era considerado izquierdista. Tenía muchos amigos judíos, incluyendo a Kurt Weill y al poeta Franz Werfel y colaboraba en gran medida con conocidos marxistas como Brecht. También hay informes que indican que Orff era en parte  judío, un hecho que le sumaba más inseguridad. A pesar de ello, o quizás debido a eso, Orff nunca se resistió ni se opuso abiertamente o secretamente a las políticas nazis. Como reconocía la inestabilidad de su situación en la nueva Alemania nazi durante los años 30’, intentó establecer su lealtad al régimen. Obtuvo un trabajo en el cual componía música para escuelas, desarrolló sus teorías sobre la pedagogía musical y trató de integrar sus ideas con las políticas musicales de las Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas), a veces incluso ajustándolas específicamente a las demandas nazis. Dado que prefería olvidar todo tipo de asociaciones con artistas judíos, izquierdistas o modernistas, Orff enfatizó su odio hacia la música jazz y la atonalidad de Schoenberg y sus discípulos y se focalizó en su sincera y profundamente arraigada admiración por la música folclórica.

Por años, la Kampfbund für deutsche Kultur  (Organización de Combate por la Cultura Alemana) tildó a Orff de bolchevique cultural. Esta peligrosa reputación inicialmente fue confirmada en el controvertido estreno de su obra más conocida, Carmina Burana, en 1937. A pesar de que Orff cada vez tenía más contacto con funcionarios nazis y de su bien conceptuado trabajo en pedagogía musical, el estreno recibió críticas punzantes del influyente musicólogo nazi Herbert Gerigk. Según Gerigk, Carmina Burana sufrió de un “retorno erróneo a elementos primitivos del instrumentalismo y de un extraño énfasis en la fórmula rítmica”. Para la mayoría, una crítica tan mordaz habría significado el final de la obra, o bien el final de la carrera del compositor. Sin embargo, sus contactos positivos con figuras de alto rango y la genuina popularidad de la obra con el público gradualmente la convirtieron en un éxito. A pesar de sus exóticos sonidos y temas sexuales, la obra fue percibida como “una celebración del poder ininterrumpido del instinto de vida” y se dijo que sus melodías elementales y ritmos atestiguaban el “poder indestructible y reemergente del estilo de vida de la gente común”.

El éxito de Carmina Burana hizo que el alcalde de Frankfurt le pidiera al compositor que escribiera una música alternativa de “Sueño de una noche de verano” con la finalidad de reemplazar a la música popular compuesta por Mendelssohn. Luego de estos logros, Orff encontró un lugar cómodo dentro del Partido. La Escuela Günther sistemáticamente aparecía en los eventos del Reich, la propia música de Orff con frecuencia  estaba presente en recepciones del Partido y él daba clases de música para organizaciones del Partido. Para 1944, Orff estaba en la cima de su carrera musical. Si bien nunca fue aceptado como un compositor ‘nazi’ clásico, la popularidad de sus obras le aseguraron un subsidio estatal nazi y frecuentes premios por composiciones. Al reflexionar sobre el dilema que la música de Orff le presentaba al Estado Nazi, Goebbels dijo:

Su Carmina Burana exhibe una belleza exquisita y si lográramos que hiciera algo sobre su letra, su música seguramente sería muy prometedora.

Después de la guerra, junto con muchos otros artistas que habían continuado siendo activos bajo el régimen nazi, Orff fue incluido en una lista negra, como alguien con potencial necesidad del proceso de desnazificación. Sin embargo, logró limpiar su nombre con la ayuda de un amigo norteamericano. De pronto, con miedo de ser “demasiado nazi”, en lugar de no ser lo suficientemente nazi, Orff inventó un relato elaborado sobre su participación en el grupo de resistencia de Munich, La Rosa Blanca, organizado por su amigo Kurt Huber. (De hecho, nunca participó del grupo). Además, a pesar del éxito de Carmina Burana durante el mandato de Hitler, sistemáticamente alegaba que la obra estaba relacionada en forma encubierta con la ideología anti nazi. Orff falleció en Munich en 1982 como uno de los compositores alemanes más destacados del siglo XX.

Referencias

Kater, M.H., 2000. Composers of the Nazi Era: Eight Portraits, Oxford: Oxford University Press.  

Levi, E., 1994. Music in the Third Reich, London: Macmillan.

Meyer, M., 1993. The Politics of Music in the Third Reich, New York: Peter Lang.  

Prieberg, F.K., 1982. Musik im NS-Staat, Frankfurt/M.: Fischer.